La situación de la producción agropecuaria cubana es crítica, y eso todo el mundo lo sabe. Los agromercados estatales no tienen productos para vender, y los privados no están trabajando con precios topados, lo que era la regla hace tan solo una semana.
La única salvación para el pueblo en estos meses fue la parálisis experimentada por el sector turístico desde que arribo la pandemia del coronavirus a la isla, pero pronto retornarán los turistas en masa y habrá que redestinar los productos de vuelta a la prioridad: los polos turísticos y los extranjeros que estos atraen.
Pero hay un problema que subyacía desde mucho antes de que el COVID-19 azotara el país y que aquejaba a la gran mayoría de los cubanos «de a pie» que llegaba a cualquier mercado, puesto o carretilla de productos agrícolas: el relajo en el pesaje de los insumos que los clientes adquieren.
La clientela sabe de antemano que siempre le vana tratar de vender gato por liebre, y algunos se cuidan, pero siempre hay alguien que cae en la trampa y ni protesta por dejarse quitar una librita o dos.
Algunos vendedores comercializan por peso productos que de toda la vida han sido por unidades o por mazo, y así cobran de más. Una balanza en Cuba no es de confiar; siempre los vendedores encuentran algún requisito para que la medida sea más alta que la real, fenómeno que muchos han calificado de «otra combinación nefasta de burocratismo con bandolerismo».
Y es que a todos los involucrados en el proceso (proveedores, transportistas, intermediarios, administradores, vendedores, y más) les conviene vender por libras que por mazo o unidades para sacar mayor tajada. Esto, no solo debido a la picaresca resultante del pesaje, sino también a un patrón burocrático al que los conocedores del sector comercial llaman “merma”.
A raíz de factores como el deterioro en la traslación o la pérdida de la frescura, se prevé una“merma” en el pesaje del producto por cada traspaso al que es sometido. Por ejemplo, una sola unidad es tanto un melón como un mazo de cebollino, cada uno con un precio fijo para cada etapa el mercado. Sin embargo, el melón registra pesos distintos cuando discurre de una báscula a otra, de lo que se aprovechan los vendedores. Finalmente, el cliente siempre sale perdiendo.
El irrespeto hacia la población y la absoluta falta de cultura y de disposición para algo tan elemental como es servir al público continúan corrompiendo la sociedad, desde la base y pasando por cada eslabón de la cadena.


