Consuelo Álvarez Valdés fue una muy bella y astuta joven que nació y vivió en Cuba durante el siglo XIX y el XX, quien fue conocida como la «novia de Mala Noche». Para cuando sucedió la Guerra Necesaria, Consuelo ya era una muchacha ociosa que ayudaba a cuidar a los heridos cubanos en la oriental prefectura de Mala Noche, su pueblo natal en medio de las montañas. Ella fue protagonista de una de las historias de amor más increíbles y poco conocidas de la historia de nuestro país.
El general del Ejército Libertador cubano, Enrique Loynaz del Castillo, visitó Mala Noche para poder reparar armas y hacerse con alimento suficiente para continuar la contienda, por lo que montó allá el campamento y conoció a Consuelo, quien era la sobrina del prefecto y una típica belleza campesina, muy inteligente y culta a pesar de no haber explorado nunca ningún rincón más allá de su pueblo.
Los dos jóvenes experimentaron una fuerte atracción de inmediato, y Loynaz, cuando estaba a punto de marcharse de Mala Noche, prometió a su querida que regresaría a ese pueblo para casarse con ella una vez terminada la guerra.
No volvieron a verse durante el período de la Guerra Necesaria, pero se escribieron casi a diario y Loynaz la mencionó con frecuencia en su diario de campaña. Este deseaba tantísimo poder regresar a Mala Noche, pero una vez terminados los tiempos de lucha, Loynaz no volvió (al menos, no inmediatamente).
El joven Loynaz volvió a aquel pueblo en 1902, años después de finalizada la situación bélica. Encontró a Consuelo cuando ya era la maestra de una escuelita levantada con palma y guano.
El anhelado encuentro fue aguardado observando entre las rendijas de las tablas, al ver a Loynaz del Castillo en el umbral a los niños que salieran.
El general mambí le comentó que regresó para buscarla y cumplir su promesa de casamiento. Con el rostro muy serio, ella lo observó y le replicó que él había incumplido su palabra, pues no regresó al concluir la guerra como dijo que haría, sino tres años más tarde. Su manera de pensar, según le dijo, había cambiado en ese tiempo, por lo que no casaría mientras estuviera su madre viva.
Loynaz, con desconsuelo, la miró con una inmensa tristeza, chocó los talones, como aceptando su decisión cual orden de superior militar, dio media vuelta y partió en busca de caballo.
Consuelo no llegó a casarse nunca y Loynaz no retornó a buscarla o persuadirla de que cambiara de decisión. Ya mayor con el paso de unos cuantos años, la novia de Mala Noche se asentó en Matanzas, en donde se convirtió en maestra en la Escuela Normal.
Completamente sola al fallecer su madre, murió poco después. Se desconoce la forma en que el general Loynaz supo de su deceso, pero sí se cuenta que mandó a que sus restos y los de su madre fueran exhumados y trasladados al hermoso panteón perteneciente la familia Loynaz.
La novia de Mala Noche lo acompañó por toda la eternidad pues, aunque rechazó compartir la vida con él, en la muerte estuvieron juntos.


