A unos días del quinto aniversario del fallecimiento de Fidel Castro, el pasado 25 de noviembre, se recuerdan los días en que la isla estuvo a punto de desaparecer del mapa, cuando sucedió la Crisis de los Misiles.
El 3 de julio de 1962, Raúl Castro se hallaba en una casa de protocolo del Kremlin y allí le dieron a firmar la aprobación cubana para instalar en la Mayor de Las Antillas unos pocos misiles con cabezas nucleares.
Dicen que Castro se encontraba notablemente nervioso y que preguntaba a los colaboradores de Nikita Kruschev que lo acompañaban: «¿Cómo acabará todo esto?»
Después insistió en mantener una profunda conversación con Fidel y Ernesto «Ché» Guevara, y aunque nunca se ha conocido el tema de la plática, allí no se tomaron medidas que vetaban la idea de servir como portaaviones insular para los soviéticos.
Llegaron a Cuba a finales de ese mes 6 naves euroasiáticas para descargar armas y oficiales militares en puertos habaneros. Días más tarde, el Gobierno de Castro ordenó fusilar a casi 500 activistas de la oposición.
Mientras Cuba se alistaba para recibir de buena gana una invasión soviética, la Organización de Estados Americanos (OEA) expulsaba a la administración castrista de sus filas.
Kruschev pidió entonces que su gabinete convenciera a Fidel de que «no existía otra opción para garantizar la defensa de Cuba que asustar a Kennedy con una guerra de misiles, aunque se sabía que el presidente norteamericano no sería capaz de aceptarla, como lo haría cualquier cretino».
Para someter a consulta la propuesta del Kremlin, Castro acudió a su camarilla y preguntó cómo sería posible evitar que la izquierda latinoamericana se virara en su contra por convertirse en un esbirro de la URSS. A esto, el Che respondió que «cualquier cosa que pueda detener a los yanquis merece la pena».
El Comandante en Jefe autorizó el acuerdo de la instalación de 40 plataformas de lanzamiento de misiles en Cuba y envío a Moscú la copia firmada del contrato, avalada por el Ché y por el jefe de las Milicias, Emilio Aragonés.
Estos personajes llegaron al Kremlin con el documento y comunicaron a Nikita el deseo de Castro: hacer pública la resolución.
La conversación entre Kruschev y Guevara se contrapuso:
– De eso nada. – afirmó el soviético.
– ¿Y qué sucedería si los yanquis atacaran a Cuba?
(Kruschev casi se rio y el argentino pidió que firmara su parte)
– Yo firmaré cuando vaya a Cuba próximamente. – refutó.
Desde el mes de 1962, las fuerzas de la nación euroasiática habían iniciado la instalación de bases de lanzamiento en la isla y habían comenzado a realizar los preparativos para la también llamada «Operación Corsario».
Habían 43.000 soldados soviéticos asentados en la isla y gran número de misiles nucleares apuntados a Estados Unidos para el mes de octubre.
Pese a que no hubo una tercera guerra mundial y que Kruschev nunca accedió a la petición de Castro de atacar primero en caso de invasión a Cuba, Fidel convocó a un multitudinario mitin el 1 de noviembre para que su pueblo coreara: «Nikita, mariquita, lo que se da no se quita»; debido a que Cuba no pudo formar parte del acuerdo de la Crisis de los Misiles.
