Numerosos grupos de activistas cubanos en favor de la protección animal han denunciado la continua exterminación de colonias de murciélagos por parte de los pobladores de las localidades santiagueras de Sierra de la Gran Piedra y Parque Baconao, los que consideran erróneamente que estas criaturas constituyen agentes transmisores del coronavirus.
Estas masacres comenzaron en el pasado 2020 en las zonas al este de la bahía de la ciudad de Santiago de Cuba, lo que ha provocado una significativa reducción de la población de murciélagos en la provincia y la destrucción de buena parte de su hábitat.
La investigadora del Centro Oriental de Ecosistemas y Biodiversidad (BIOECO), Yaira López, arremetió públicamente contra estos actos vandálicos en el mes de abril de ese año.
López aseguró en aquel momento que esa «solución demencial» solo demostraba «la baja cultura general y ambiental» que se tiene en la isla y explicó que «los murciélagos no son los transmisores del virus y, si fuera así, es una especie en específico, no todos los murciélagos del mundo, y definitivamente no los cubanos».
Es cierto que expertos internacionales dedicados al estudio del SARS-CoV-2 han hallado virus similares al nuevo coronavirus en algunas especies de murciélagos, pero aún nadie ha podido demostrar cómo estos han sido transmitidos a los seres humanos o si estos animales son, en efecto, transmisores de la COVID-19.
Lo que más preocupa a la ciencia y al activismo cubano es que estos actos parecían tener carácter esporádico en un principio, pero se han vuelto cada vez más recurrentes, hasta llegar a desarrollar un patrón, que se incrementa a medida que el territorio colapsa por la alta incidencia del coronavirus, sobre todo con la circulación de cepas más letales.
Aparicio, poblador de la Reserva Ecológica Siboney-Justicí, contó que los vecinos de los alrededores se sintieron amenazados al ver las constantes inhumaciones en fosas comunes en los cementerios de La Arenera, El Oasis, Juraguá, El Brujo y Sevilla, por lo que incendiaron los refugios en un ataque de pánico.
Él y su esposa, como el resto de los residentes del área, consideran a los murciélagos como una «plaga» que atenta contra la higiene y la salud de los seres humanos, por lo que los caseríos cercanos a la principal colonia de la especie en la isla (en las cuevas de los Majáes, la Cantera y Atabex) están en peligro.
El hombre aseguró que los murciélagos contaminan y destruyen los alimentos y que el control científico estatal no es suficiente para mantener a la especie a raya.
El también poblador Pablo Aguilera aseguró que gracias a sus crueles actos (considerados por él como justos y necesarios) constituyen la razón por la que la zona de La Pimienta, en la cordillera de la Gran Piedra, es la única localidad en toda la provincia donde nunca se han reportado casos positivos.
En los bateyes de Ramón de Las Yaguas, El Triunfo y la Meseta de Santa María de Loreto, se han conformado asociaciones de vecinos para destruir todas las colonias del lomerío.
Se contabiliza que un mínimo de 10 refugios de murciélagos han sido quemados en las cercanías de Sigua, Cazonal, Verraco y la Laguna de Baconao, Río Carpintero y Zapo.
Los residentes cargan con enorme desdén hacia estos mamíferos. Incendian pilas hechas con troncos y ramas secas en las entradas de las cuevas para que los ejemplares mueran por quemaduras o por asfixia.
Una guía del célebre museo santiaguero conocido como el Valle de la Prehistoria aseguró que las 227 esculturas que componen la exposición son frecuentemente quemadas por vecinos por también constituir refugios para estas especies.
La ignorancia ha llegado a tal punto en las zonas más recónditas de la provincia que han celebrado matanzas contra otras especies asociadas erróneamente con enfermedades peligrosas, como el águila pescadora, la que sobrevuela cada año este corredor entre Norteamérica y Sudamérica.
A raíz de las masacres de murciélagos de tipo pescador, mariposa y poeyi, han crecido las colonias de insectos que usualmente constituyen su alimento, por lo que los mosquitos transmisores de dengue, zika y chikungunya se han propagado por el territorio.
Los murciélagos pescadores son los más grandes de Cuba, los de tipo mariposa son de los más pequeños del mundo, y los poeyi son la variedad predominante en la isla.
Las falsas creencias populares que han incentivado las masacres no podrían alejarse más de la realidad, pues el propio experto cubano Gilberto Silva Taboada (máximo exponente en el estudio de estos animales en la isla) ha asegurado que su existencia es beneficiosa, pues su tipo de alimentación ayuda a proteger los cultivos agrícolas, gracias a que elimina plagas.
Silva afirmó que «al menos 17 especies cubanas son insectívoras», las que comen frutas son dispersoras naturales de semillas, y las que comen polen son excelentes polinizadoras. El guano (su excremento) está reconocido internacionalmente como el mejor fertilizante natural que existe.
Aunque estas viles acciones independientes atentan contra el equilibrio de la fauna y la flora del Parque Baconao (declarado como Reserva Mundial de la Biosfera por la UNESCO en 1987) y de la Reserva Ecológica Siboney-Justicí (zona de importancia para la protección de la especie a nivel mundial), las autoridades no admiten el problema oficialmente ni tratan de contrarrestar el problema.


