Adermis Wilson González, el cubano que hace 18 años secuestró un avión para huir desde Cuba hacia Estados Unidos, se encuentra postrado en una silla de ruedas y encerrado en un centro de detención en Stewart (Georgia) a punto de ser deportado de vuelta a la isla.
Antes de casi cumplir sus 20 años de condena por el delito de piratería aérea en una cárcel federal de Carolina del Sur, fue trasladado el pasado 29 de abril hacia un centro de detención del Departamento de Inmigración y Control de Fronteras (ICE) para retomar los trámites de repatriación forzosa a Cuba.
El hombre, de 52 años, aseguró que además de su ardua batalla legal para evitar a toda costa la repatriación, siente que su vida peligra por la severa falta de atención médica y de condiciones que presenta el centro donde se halla retenido.
Contó que está sufriendo de tal ironía por pasar 20 años en prisión en el país donde buscaba libertad.
Las leyes norteamericanas establecen que los reos de nacionalidad extranjera tienen la potestad de permanecer detenidos por 90 días tras cumplir su sentencia en Estados Unidos, en lo que se realiza su proceso de deportación. Este puede extenderse a 180 días o indefinidamente desde que el juez de inmigración dicta la orden final de deportación, en el caso de que el país de destino no acepte al recluso por ser considerado un posible peligro para la comunidad.
La administración de Donald Trump marcó récord histórico de reos con orden final de deportación, con más de 41.300 cubanos (aunque solo unos 800 están detenidos en centros de inmigración), y 3.385 ya deportados.
Wilson compareció ante una audiencia de inmigración el pasado 13 de agosto y tiene una nueva fecha fijada para el próximo 22 de septiembre a las 10 a.m.
Como es convicto en territorio estadounidense, no tiene derecho a reclamar asilo político, pero sí puede recibir protección bajo la Convención contra la Tortura (CAT), aunque también puede presentar una moción para ser excarcelado por razones humanitarias (considerando problemas extremos de salud).
Wilson se quejó sobre las pésimas condiciones en las que vive en el centro de ICE y sobre las muchas dificultades que enfrenta para contactar con su madre, Melkis González (de 83 años), residente en Luyanó (La Habana).
González pudo visitar a su hijo en prisión (quien sufre de parálisis de piernas desde 2007) en varias oportunidades desde 2006, y el proceso se facilitó cuando obtuvo una visa de entradas múltiples en 2015, pero esta venció cuando ya la pandemia de coronavirus había comenzado y no ha podido renovarla.
Wilson fue el que protagonizó el célebre secuestro de un vuelo comercial de Cubana de Aviación de la ruta Nueva Gerona-La Habana, en la noche del 31 de marzo de 2003.
Adermis cargaba 2 granadas de mano cuando ordenó al piloto del Antonov-24, con 46 personas a bordo, que tomara rumbo a Miami.
El secuestrador tuvo que emprender un largo y complicado proceso de negociación con las autoridades cubanas cuando tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia en el aeropuerto internacional «José Martí» de La Habana, al no disponer de suficiente combustible para llegar a Estados Unidos.
Con intervención directa de Fidel Castro y James Cason (por aquel entonces jefe de la Oficina de Intereses de Estados Unidos), las negociaciones se extendieron por 14 horas. Wilson terminó amenazando explícitamente con volar el avión si las autoridades cubanas no cooperaban y cumplían con su reclamo de suministro de combustible y una partida sin resistencia desde el aeropuerto.
A horas alrededor del mediodía del 1ro de abril, el avión despegó rumbo a Miami, habiendo liberado primeramente a 22 personas.
Durante el trayecto de La Habana hasta Key West, el AN-24 fue escoltado por 2 aviones F-15 de la Fuerza Aérea de Estados Unidos y un helicóptero Black Hawk.
De los pasajeros-rehenes que quedaron dentro del avión, 15 cubanos solicitaron asilo político al aterrizar en Estados Unidos, 1 italiano optó por permanecer en suelo norteamericano y el resto (cubanos) regresaron a la isla.
Ambas granadas utilizadas durante el secuestro terminaron siendo falsas. Wilson, quien era técnico de construcción civil en la Isla de la Juventud, estuvo acompañado de su esposa y el hijo de ella (de 3 años) durante el secuestro.
Aunque las granadas estaban hechas de cerámica, en la casa de Wilson sí se encontraron varias auténticas y funcionales.
Adermis fue puesto bajo custodia de las autoridades federales estadounidenses en cuanto bajo del Antonov-24, y fue condenado a 20 años de prisión 4 meses más tarde.
Aprovechando que la atención internacional se situaba sobre los sucesos bélicos en el Medio Oriente a principios de la década del 2000, Fidel Castro desató toda una ola de detenciones y juicios sumarios contra 75 periodista, activistas y opositores pacíficos, lo que pasó a conocerse como la Primavera Negra de 2003.
Adermis fue solo uno de una serie de cubanos desesperados por abandonar la isla rumbo a Estados Unidos, y sus acciones entran en el grupo de los secuestros de aeronaves y embarcaciones que se produjeron en Cuba entre finales de marzo y abril.
El 19 de marzo, solo unos días antes, 6 cubanos secuestraron un avión DC-3 de la compañía Aerotaxi, armados con cuchillos. La aeronave cubría la ruta Nueva Gerona-La Habana, y resultó desviado hacia Key West con 36 personas a bordo.
Por su parte, el 2 de abril terminó secuestrada la lancha Baraguá por 3 jóvenes, quienes demandaron otra embarcación para continuar rumbo a la Florida, apenas unas horas más tarde de que se produjera la fuga del AN-24. A bordo se encontraban 29 personas en condición de rehenes, de los 40 pasajeros en total. Sin embargo, el intento no tuvo éxito y los secuestradores fueron ejecutados el 11 de abril. Ello generó un rechazo global al Gobierno cubano.
Castro explicó en declaraciones posteriores que en un mes se habían reportado 29 proyectos que planteaban secuestros de embarcaciones y aeronaves por la fuerza por parte de cubanos que querían dejar el país.
El caso de Adermis es recordado, entre otros, por el abogado Ralph Fernández, quien se ha desempeñado como defensor de cubanos procesados bajo cargos de piratería aérea ante tribunales de Estados Unidos.
Consideró que su deportación lo pone «en peligro de ser torturado y condenado a muerte en Cuba», por lo que aseguró que «sobre la conciencia americana pesará una decisión equivocada en este caso», así como que «él cumplió su sentencia hasta el último día y está listo para reintegrarse a esta sociedad».
