La piscina que tiene en su casa el cubano Carlos Sibello, quien reside en Carolina del Norte, Estados Unidos, se encuentra abierta los niños de su barrio.
Recientemente, Sibello compartió la historia de una costumbre de su familia, junto a imágenes en las que se pueden ver a niños de su comunidad disfrutando en la vivienda.
Su casa la visitan personas de distintas religiones y orígenes. El único requisito es acudir en compañía de un adulto para que resguarde su seguridad dentro de la piscina.
Tanto él como su esposa llegaron a Estados Unidos sin dinero, lo que han construido lo han hecho en función de deseos de trabajar y darle una mejor vida a sus hijos, según confiesa.
“A la piscina vienen todos los niños que viven cerca de la casa y que normalmente juegan con nuestros hijos, en la calle casi siempre. De la misma forma que todos los niños que vivíamos en mi cuadra en Cuba íbamos a casa de Mongué y nos sentábamos, casi todos en el piso, a ver los muñequitos y las aventuras”.
Según cuenta, entre los niños que visitan la casa hay de distintas creencias y orígenes.
“De los niños que vienen hay musulmanes, afroamericanos, cristianos, y sabrá Dios de cuantos orígenes o con cuantas creencias más. Para nosotros son simplemente eso, niños. Que vienen a nuestra casa y disfrutan con nuestros 4 hijos de ese preciado tesoro que es la niñez. No sabemos a qué partido político están afiliados sus padres, sin son terraplanistas, si votaron por Trump o Biden, y la verdad no nos interesa.”
En tal sentido, destaca en la idea vendida en Cuba de que en países como Estados Unidos los niños no pueden jugar en la calle, entre otras mentiras como parte del “adoctrinamiento brutal” de una revolución que se vende como salvadora pero que, en cambio, pone a todo un pueblo a pasar carencias.
“Hoy casualmente, cuando acabé de trabajar estaban todos en la piscina. Les pregunté que querían comer, fui un momento al mercado con Amanda, compré hamburguesas que es lo que querían, se las hice, se las comieron, siguieron jugando y pasadas las 11 pm fue que se fue el último con su mamá”.
Entre los deseos del cubano está el que algún día los padres en Cuba puedan proveer a sus hijos con el salario que ganan por el fruto de su trabajo “y no teniendo que hacer mil inventos para comprar MLC”.
“Vivo en el monstruo, y no es tan fiero como nos han dicho siempre que es”, finalizó.


