Poco más de un año ha pasado desde inauguradas las rechazadas tiendas de alimentos y artículos de aseo en Moneda Libremente Convertible (MLC), y ya estas se están adentrando en una grave crisis de abasto. Con el escaso suministro y las exhaustivas colas que se forman para entrar en estos comercios, muchos auguran lo peor para la situación económica cubana, pues esta, que era la única solución para abastecerse de determinados productos, se hallará pronto como la red de tiendas en CUP (escuálida y desvalida) si continúa la tendencia al desastre.
Muchos clientes se han quejado sobre la asombrosa cantidad de habaneros que aparece mágicamente frente a las tiendas en MLC (a más tardar) a las 5:15 de la madrugada, cuando la restricción de movimiento provincial obligatoria termina a las 5.
Entre los revendedores que adquieren todo lo que la entidad les permite comprar, los coleros que venden los turnos, las larguísimas horas que hay que esperar de pie, bajo el sol o bajo la lluvia (que pueden demorar incluso más por los problemas de conexión de la tienda con el banco, por la hora de almuerzo o por la pereza de los trabajadores), el maltrato que hay que aguantar por parte de los empleados, de los policías que custodian la espera y de los otros clientes (ya alterados por las mismas circunstancias) y, encima, por el desabastecimiento que no permite encontrar ni comprar lo que se quiere, muchos opinan que no vale la pena martirizarse así por una lata de puré de tomate o un paquete de espagueti.
Existe un enorme número de cubanos que se ha olvidado del valor del CUP y de las tiendas que lo aceptan, pues se han autolimitado a comprar únicamente en comercios de este tipo, en su mayoría, para revender los productos que son únicamente encontrados aquí (lácteos, granos, conservas y cárnicos).
Muchos de los clientes a la espera de ingresar en su aventura en divisas extranjeras admiten que no merece la pena tanta cola, pero que, en comparación con la red de tiendas en Moneda Nacional, estas recuerdan un poco a la bonanza experimentada en el país hace apenas 5 o 6 años. Y es que la mayoría de la población que accede a estos establecimientos, lo hace con el único objetivo de comprar uno o dos productos urgentes, y, de paso, se lleva una malta, una cerveza o un trocito de queso (si hay suerte).
La tasa de cambio fijada en 1 por 24 para el canjeo del dólar no es obedecida a la hora en que los revendedores despliegan su mercancía, por lo que los precios que establece el mercado negro son guía para todo. Estos personajes comentan que los clientes se quejan de los altos costos pero los precios por los que adquirieron los productos también son altos y tuvieron que soportar una larga cola desde la madrugada, así como que casi los están regalando porque se fijan de la tasa del dólar a 47 pesos.
El abrumador rechazo popular que han tenido las tiendas recaudadoras de divisas ha provocado que el propio ministro de economía, Alejandro Gil, tratara de apaciguar la situación el pasado diciembre, aseverando que la medida de abrir las tiendas en MLC para la comercialización de productos alimenticios y de aseo constituía «una decisión de justicia social y de socialismo».
El titular explicó entonces que «un mercado desabastecido no capta divisas», explicó en un intento de justificar las razones por las cuales se polariza la sociedad entre quienes pueden acceder a divisas extranjeras dólares para comprar en estos comercios y quienes deben encontrar la manera de satisfacer sus necesidades básicas con la red de locales en moneda nacional.
Sin embargo, mientras son muchísimos los cubanos que protestan sobre el agravamiento de las desigualdades sociales debido a estos comercios para privilegiados, otros han aprovechado la oportunidad para ofrecer una conexión entre los artículos y alimentos inasequibles y las personas desesperadas por un poco de puré de tomate o desodorante, los que no se pueden encontrar en las tiendas en pesos cubanos.
Un clasificado publicita, sin reparos, la posibilidad de no tener que salir de casa innecesariamente o hacer una larga cola para obtener productos de las tiendas en dólares; solo hay que llamar al responsable del anuncio, rezar por que pueda conseguir lo que hace falta urgentemente y aguantar los gritos internos o el soponcio, cuyo detonante será la factura final del servicio.


