Armando instaló un gigantesco tanque plástico (de 55 galones) de forma clandestina en su vivienda para fabricar ron casero. El fuerte olor a azúcar y a alcohol impregna la ropa y se queda concentrado en la oscura y nada ventilada habitación, y el calor resulta agobiante.
Armando es productor de lo que en Holguín se conoce como «warfarina», pero que en otras partes de Cuba se llama «alcohol de reverbero», «mofuco», «chispa e’ tren», «champán de hamaca», «espérame en el suelo» o «bájate el blúmer»: esa bebida alcohólica de muy baja calidad y elaborada de forma casera.
Este oficio ha sido común (aunque ilegal) en el país por muchísimo tiempo, pero no fue hasta esta cuarentena, con la llegada del virus de la COVID-19, que estos elaboradores no vieron un verdadero auge económico en su sector.
Fue en marzo del año pasado cuando los bares cerraron, los precios subieron y el alcohol comenzó a escasear, por lo que un traguito de ron, aunque rudimentario y poco atractivo, era ron al fin y al cabo.
Incluso las botellas de licores más baratos han desaparecido de las tiendas de algunos sitios de Cuba.
Armando aseguró ver dar verdaderos beneficios a su negocio en este año pasado 2020, mucho más que en los otros 10 en los que también elaboraba y vendía «warfarina».
No obstante, en un país donde nunca ha faltado el ron, resulta chocante ver los bajos datos de la industria azucarera cubana, pues las empresas especializadas en este sector han enfocado todos los esfuerzos en incrementar las exportaciones, por lo que la producción del alcohol que se vende a la población ha decrecido.
Una enfermera del policlínico Julio Grave de Peralta aseguró que los casos de males asociados al alcoholismo llegados a ese centro han aumentado notablemente en los meses de cuarentena, y la especialista explicó que esto era posiblemente causado por la baja calidad de esas bebidas caseras que «no son aptas para el consumo humano».
Se ha incrementado significativamente el temor de las autoridades por que este contexto se llegue a desarrollar como el caso de 2013 en el capitalino municipio La Lisa. En ese año se identificó una intoxicación masiva por ingestión de licor clandestino, que causó la muerte de unas 7 personas y la hospitalización (e incluso posterior ceguera) de muchas más decenas. Se debió a la ingesta de alcohol metílico en vez de alcohol etílico, que es el que se debería tomar.
Pese al silencio de las autoridades y de la prensa, la carencia de licores en la mayor parte del territorio cubano es más que evidente.
Con los bares cerrados y la escasez de rones baratos como Bariay y Pinilla, la población cubana debe buscar alternativas para «echarse un trago» de vez en cuando.
Por supuesto, las tiendas que operan en MLC continúan ofertando varios tipos de vinos y whiskies importados, que en Cuba se venden a precios exorbitantes.
Muchos habituados a la ingesta de licores con frecuencia se han aventurado hasta a probar el alcohol de 90 grados de uso sanitario.
Entre las sanciones de Estados Unidos a Cuba, la llegada de la pandemia, la caída del turismo y demás catástrofes económicas y sociales, el profundo desabastecimiento general que hoy sacude a la isla ha llegado para quedarse.
Pese a que el ron es un bien de producción nacional, este depende en gran medida de la producción de azúcar, que lleva decayendo desde hace más de una década.
Entretanto, Cuba ha aumentado considerablemente la exportación de rones de calidad pues resulta una actividad «estratégica» por su capacidad de generar divisas, lo que significa que los consumidores nacionales de bajos recursos serán siempre los más perjudicados.
En la segunda mitad del siglo pasado, con la Revolución al frente de la isla, se hizo popular un desinfectante que se utilizaba en los centros de salud llamado «alcoholite», única opción de licor.
Entonces, los fabricantes clandestinos comenzaron a emerger ante las carencias. Uno de ellos, mantiene las apariencias gracias a una licencia de albañil cuando, realmente, se gana el pan produciendo unos 100 litros mensuales de «warfarina».
Los insumos que necesita (azúcar, agua y algún producto que active la fermentación, como levadura o, en el caso de que esta no se encuentre, heces humanas, según explicó) se mezclan en un tanque plástico donde permanecerán unos 15 días, y se traslada luego a un recipiente metálico que tiene adaptado un serpentín ―un tubo en forma de espiral― donde se destila y, finalmente, se envasa en pomos plásticos.
Los riesgos sanitarios son uno de los principales motivos por los que las autoridades persiguen la actividad con hincapié, pero ni ello ni los altibajos de los precios de ingredientes como el azúcar detienen a estos «emprendedores», que saben que siempre tendrán clientela.
En Holguín varían los precios de los pomos de «warfarina» entre los 40 y 100 CUP dependiendo del volumen a adquirir.


