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La olvidada historia de José Miguel Tarafa, el único mambí cubano que se convirtió en millonario tras la Guerra de Independencia

El coronel José Miguel Tarafa Armas fue, sin dudas, el más importante entre los altos oficiales del Ejército Libertador de Cuba que, en la República, lograron acumular una gran fortuna.

Nació en Matanzas el 12 de septiembre de 1869, en el seno de una familia acomodada. Estudió en los Escolapios de Guanabacoa y en Alabama, Estados Unidos, donde trabajó en un central azucarero.

Al estallar en 1895 la Guerra de Independencia de Cuba, se puso a las órdenes del Mayor General Calixto García y, como su ayudante, desembarcó en la Isla para incorporarse al Ejército Libertador. Durante la contienda fue ayudante y jefe del Estado Mayor del Mayor General Javier de la Vega. Participó en la Invasión de Oriente a Occidente, en la cual ganó los grados de comandante por su valor en combate.

Para aprovechar sus contactos en los Estados Unidos fue enviado en comisión a ese país con el objetivo de preparar una expedición que invadiera la Isla de Pinos, proyecto que, finalmente, no se concretaría. Regresaría entonces al campo insurrecto y terminaría la guerra con grado de teniente coronel.

Al concluir la contienda era muy pobre; pero pronto se relacionó con inversionistas norteamericanos y británicos; sobre todo con el abogado Horacio Rubens, gran amigo de José Martí. Al mismo tiempo obtenía crédito para adquirir baratas grandes extensiones de tierras en Camagüey. No aceptó cargos políticos ni públicos y se dedicó por completo a los negocios. Estuvo tan vinculado con los capitalistas norteamericanos que estos lo consideraron uno más de entre ellos y lo hicieron miembro y parte de la directiva del exclusivo Country Club, al que muy pocos cubanos lograron pertenecer en esos primeros años republicanos.

En 1909 compró su primer central azucarero, el Santa Filomena, que rebautizó como central Cuba. A este primero le siguieron varios más a lo largo de la década siguiente; pero la gran fortuna de José Miguel Tarafa se cimentó en la organización e implantación del monopolio ferroviario.

Este fue, sin discusión, su principal triunfo empresarial, pues logró imponerlo contra la voluntad de la poderosa clase de hacendados y la resistencia de las empresas azucareras norteamericanas.

El 9 de octubre de 1923 consiguió que el Congreso de la República sancionara la llamada Ley Tarafa (por cuya aprobación se dice que pagó medio millón de pesos), mediante la cual se les canceló a los centrales azucareros norteamericanos la autorización de embarcar azúcar por ferrocarriles privados. Poco después de promulgada la ley, Tarafa establecería, junto a su amigo el Dr. Rubens, los Ferrocarriles Consolidados de Cuba que, prácticamente, se aseguraron el transporte de todo el dulce.

Falleció en Nueva York el 23 de julio de 1932, dejando a sus herederos un enorme patrimonio que estos se encargarían de multiplicar.


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