En Cuba ya no hay para dónde mirar para no ver una cola, y extensa, porque todas las bodegas, tiendas, mercados, agromercados y panaderías se hallan rodeados de gente que espera por 6, 8, 10 o 12 horas (y tal vez más) y acampan en los establecimientos comerciales ‘pa’ cuando saquen algo’.
Todo ha sido ocasionado por un profundo desabastecimiento general y nacional y una política estatal que en vez de evitarlas, las provoca.
Todo cubano conoce que el pan normado resulta insuficiente para subsistir, sobre todo cuando se ha convertido en uno de los productos más esenciales en la dieta alimenticia de la población ante la carencia de opciones más sanas, nutritivas y variadas.
Debido a que el Gobierno limitó la venta de pan liberado en todo el país, las pocas panaderías que continúan expendiéndolo han restringido la cantidad que tiene permitido comprar una persona.
Por ejemplo, en la panadería ubicada en la Zona 9, de Alamar (Habana del Este), solo se podían comprar hasta 400g, pero sus responsables se vieron obligados a rectificar y subir el límite a 10 unidades, dado el significativo malestar que causó en su público.
La iniciativa gubernamental pretendía calmar el descontento del pueblo que debía pasar horas esperando por un producto que no alcanzaba a comprar, pero no parece estar dando los frutos previstos.
Miguelina, vecina de la Zona 12 (Alamar), expuso su estrategia familiar para poder comprar pan suficiente: enviar al esposo a marcar en la cola desde tempranas horas y bajar todos los miembros del núcleo cuando le toque comprar.
Miguelina justificó su idea con que se necesitan 12 panes diariamente en la casa, donde conviven 6 personas, para poder merendar porque el no contar casi nunca con un plato fuerte causa que tengan hambre todo el tiempo.
En el mismo municipio, pero en el reparto Antonio Guiteras, Juan se quejó porque en la panadería correspondiente a su vivienda no se está respetando lo estipulado y los dependientes están despachando todo el pan que los clientes quieran comprar, lo que hace imposible que la mayoría logre comprar el producto.
En realidad, para comprar más de la cuenta en la capital solo hace falta un soborno o ‘llevarse’ con los trabajadores del local.
Alejandro declaró que él es capaz de adquirir 4 o 5 panes de más gracias a que ‘lo tiene todo cuadra’o’ con los responsables de su panera, en Cojímar. Le resulta fácil y es necesario para alimentar a sus 5 hijos.
La crisis de pan ha motivado, además, la emergencia de un mercado que trabaja, sobre todo, en la noche, cuyo precio para la bolsa de ocho unidades es 35 CUP.
Otra vecina de Alamar calificó de «descaro» a las operaciones que conducen los mismos trabajadores de la panadería, quienes han sido vistos cerrando el establecimiento para luego cargar una serie de cajas de pan en un auto. Y después, alega, pasan adolescentes vendiendo el mismo pan en bolsas a 35 y 40 CUP hasta altas horas de la noche.
Las aglomeraciones, tanto en la cola del pan como en las guaguas abarrotadas de personas, contrasta con la estrechez de mente que muestran los agentes de la Policía hacia los civiles que transitan por espacios públicos.
Un joven comentaba que un oficial le detuvo para indicarle que se colocara correctamente el nasobuco cuando él caminaba mientras se comía una pizzeta, y ante el cuestionamiento de si tenía prohibido alimentarse, el policía contestó que solo pueden consumirse alimentos en el lugar donde se compran.
En cambio, la mayoría de las cafeterías y restaurantes, los que no se encuentran cerrados por la gran cantidad de trabas que les impiden continuar operando, ostentan el cartel de «solo para llevar». Como nadie se va a poner de acuerdo, lo mejor es andar con comida y agua en la mochila.
Y entre la escasez y la interminables colas, el Estado restringe las cantidades de los productos a comprar para impedir el acaparamiento, lo que provoca aflicción porque las masas pueden durar muchas horas en una cola, con el riesgo de perder el turno si se necesita ir al baño o comer algo, y bajo la custodia de efectivos de las FAR, policías de tránsito y hasta bomberos que, a veces son muy efectivos, y otras veces no hacen más que entorpecer el proceso.


