Las polémicas tiendas cubanas en Moneda Libremente Convertible (MLC) ya no pueden ser consideradas una vía fácil de abasto para los cubanos con posibilidades, sino otro dolor de cabeza, como todo en Cuba.
Durante los primeros meses de implantación de este tipo de comercios, eran las únicas tiendas surtidas y constituían la única manera de conseguir lo estrictamente necesario en el país (de calidad y variedad no se puede hablar porque nunca ha habido), pero ya la mayoría están sucias, desabastecidas y con las colas más largas de la isla.
Se lanzó durante meses una gigantesca campaña para abolir los comercios en MLC, pues discriminaba a la gran parte de la población cubana por no tener acceso a dicha moneda (dado que casi la única forma de conseguirla es a través de remesas desde el exterior).
Ahora ni tener tarjeta MLC o muy buen saldo te garantiza nada, porque hay que hacer colas desde la madrugada para entrar o sobornar a todos los funcionarios del establecimiento para pasar antes, una opción moralmente reprochable.

Las tiendas de 5ta y 42, La Puntilla y 1ra y 70, en La Habana, llenan la ilusión de los clientes que aguardan durante horas por algún gustito que se pueden dar, pero sus esperanzas se ven destrozadas al ver los estantes poco surtidos, desordenados y cada vez más caros.
Ni con los tickets, que se reparten en todas las colas del país, se logra guardar el orden y la honra de la cola, porque los calvarios, abusos y faltas de respeto (tan metidos en la mente y en la idiosincrasia del cubano) inundan todos los escenarios de la vida.
Y en estos comercios se siguen dando los mismo fallos que en los que antes operaban en CUC: entre estantería vacía y semi vacía, solo se encuentran latas de conserva, cereales procesados y frascos de mermelada que nadie quiere llevar, no solo porque no resultan alimentos imprescindibles para la dieta del cubano ni en el país hay cultura de comerlos, sino también porque las ofertas a menudo están a punto de caducar.
Trozos de carne vacuna, demasiado cara para lo ennegrecida que se veía, nuggets de pollo y hamburguesas se exhibían en las neveras no se sabe desde hace cuánto. Además, solo vinos caros en los anaqueles, algo claramente inasequible para la población ya segmentada que acude a estos establecimientos, y ni pensar en que los trabajadores podían vender las legumbres importadas que acababan de descargar; “no sabemos si esa mercancía se podrá vender hoy, hay que facturarla primero” fue la respuesta para los indignados clientes.

El mismo desabastecimiento, el maltrato de los empleados y la falta de empatía en general hacia la situación que vive el país y cada ciudadano, constituyen parte del resultado que el consumidor recibe cuando decide gastarse sus preciados y difícilmente obtenidos dólares en estas tiendas.
No hay que hacerse ilusiones; las tiendas en MLC son como cualquier otro punto de venta: con las mismas peleas por cestas o carritos para transportar los pocos productos, los mismos coleros, la misma falta de oferta gastronómica para los que soportan las largas esperas. Diferente status para la misma experiencia.


