Los marginales de arrabal se conocen sin que tengan que acercarse mucho. Tienen una forma muy particular de caminar y hablan con un lenguaje que cada noche se reinventan. A su vez, un saludo al más puro estilo de la mafia italiana los distingue: un beso en el rostro entre varones.
Portar armas de fuego es algo que muy pocos pueden permitirse. Sin embargo, no faltan las afiladas chavetas, los punzones y hasta los machetones recortados entre las pertenencias que siempre cargan consigo.
Una buena parte de los guapetones habaneros se refugian en las sectas secretas abakuá, y otros entre los masones. No obstante, ninguno va a misa los domingos ya que el catolicismo no es lo suyo.
Ser abakuá se ha convertido en una especie de moda entre los jóvenes capitalinos de barrios marginales donde la población en su mayoría es negra. El ñañiguismo es una religión afrocubana que tiene sus orígenes en la región nigeriana de Calabar.
En Cuba la asociación se inició entre los negros esclavos a mediados del siglo XIX. La primera sociedad abakuá de blancos surgió en los primeros años del siglo XX. Su creador fue Andrés Facundo de los Dolores Petit, a quien también se le conocía por sus aportes a la regla del Palo con la variante Kimbisa y la elaboración del cuerpo conceptual.
La sociedad secreta abakúa cubana es única en su tipo en toda Latinoamérica. En Cuba, se calcula que existen al menos medio centenar de templos.
Cada juego o potencia abakuá cuenta con un sello que los representa. En esas sociedades, solamente se aceptan hombres. No se puede ser homosexual, ni tampoco alguien de pocas agallas.
“Cuando yo me inicié, en los años 50, entre los abakuá primaba el respeto a la familia, a los amigos y al prójimo. No se daban esos casos de caerle a golpes a las mujeres o abusar de las personas indefensas. La ética, los valores humanos y la caballerosidad, eran fundamentales. Esto ha cambiado mucho con el paso de años. Algunos plantes han sido absorbidos por marginales violentos que han hecho de la religión su hobby personal”, asegura Benito, un abakuá de la vieja escuela.
Gran parte de los jóvenes del bajo mundo pertenecen a la secta secreta. Acostumbran a saludarse cruzándose la mano, un gesto habitual ente abakuá, o cambiando su apellido por el nombre de su juego.
“Lo último es que hasta en el Combinado del Este (prisión) se ha formado un plante. En ninguna de las reglas de esta sociedad se menciona que para ser ñáñigo hay que ser un ladrón o traficante de drogas. Todo lo contario, esas prácticas van en contra de nuestros principios”, cuenta un abakuá habanero.
Algunos jóvenes de La Habana “underground” lo interpretan de forma muy distinta e intentan forjar su hombría a punta de navaja o cometiendo toda clase de delitos reprochables. Al conversar entre ellos lo único que importar es resaltar lo duros que son. Se vanaglorian de haber estado varias veces tras las rejas sin ninguna mancha en su conducta.
Viven en una guerra constante. Su “currículo” se engrandece de acuerdo a la cantidad de broncas urbanas en las que han participado, la cantidad de “sonadas” de cara que han dado y al número de personas a las que han cortado o mandado al “más allá”.
Algunos viejos Abakúa, como Benito, se lamentan de lo que se ha vuelto una parte de esta sociedad y se mantienen considerando que están equivocados al actuar así: “Para ser abakuá lo único que hace falta es ser un hombre de principios, no un delincuente que se utiliza la religión en beneficio propio y se escuda en ella para ser un delincuente”.


