Muchos en Cuba no conocen su nombre, pero María Elena de Cárdenas es la ultima gran aristócrata cubana con vida. Esta mujer, que ha pesar de su edad conserva toda su lucidez, vive desde hace 58 años en Miami y ostenta los títulos nobiliarios de Marquesa de Almendares, Marquesa de Bellavista y Marquesa de Campoflorido.
De madre sevillana y nacida en Cuba, emigró con su familia a principios de la década de los 60 a Miami, para «huir de la Revolución», como ella misma ha contado.
Su nombre saltó hace unos años a importantes medios de prensa tras haber iniciado una dura lucha contra la empresaria española Alicia Koplowitz, a la que le luchó en tribunales el título de marquesa de Bellavista, que lo llevaba hasta entonces.

También interpuso otro pleito contra la sobrina de la empresaria, Alicia Alcocer Koplowitz, en este caso por el marquesado de Campoflorido, que también terminó ganando pues los jueces establecieron el “mejor derecho” de la nonagenaria cubana a ambos títulos.
No es que María Elena de Cárdenas y su familia hubieran perdido los títulos que a partir de 2014 reclamaron, sino que estuvieron inactivos mucho tiempo debido a las circunstancias por las que atravesaron ellos y otros miles de cubanos en la segunda mitad del siglo XX debido a la Revolución encabezada en 1959 por Fidel Castro.
Otras personas los reclamaron mientras ella, su esposo y su hijo trataban de rehacer desde “cero” su vida en un nuevo país.
Aunque bromea y afirma misteriosa que habrá que ver quién heredará los títulos, más tarde dice que su deseo es que sean un legado para su hijo y sus nietos.

Aquí ha vivido feliz esta mujer que asegura que el secreto de haber llegado a los 101 años es «haber querido hacer siempre el bien», aunque no siempre lo haya conseguido.
La ultima vez que visitó Cuba fue en el año 2002, cuando junto a su hijo y sus dos nietos quiso ver la casa de la familia en el barrio habanero del Vedado y otros lugares.
Su hijo recuerda que el primer día vieron como se encendían las luces del Malecón y se emocionaron, y que el último recuerdo que se llevaron del viaje fue la visión de las palmas reales mecidas por el viento.


